Enero/2001
En nuestra primera ruta del año 2001 nos vamos a acercar a tierras proacinas, en concreto a la zona de la Forcada. Por la Collada de Aciera, divisoria de los concejos de Quirós y Proaza, discurre el antiguo camino que unía ambos concejos, del que los vecinos más viejos del lugar dicen que era como la calle Uría por el gran tránsito de personas que iban de un concejo a otro, sobre todo los lunes, día de mercado en Proaza.
Casi en lo alto de la collada, en la vertiente que mira a Proaza y perteneciente a este concejo, justo al lado del camino, están las cabañas de Llendelafaya, lugar donde antiguamente estaba el coto y la malatería del mismo nombre.
Pero antes de hablar más en concreto de Llendelafaya vamos a apuntar cuatro cosas acerca de las malaterías o leproserías. Por lo general, y como ocurre aquí, suelen estar situadas en el límite entre dos concejos por estar en accidentes geográficos como collados o vados, lugares especialmente apropiados para la instalación de leproserías por ser al mismo tiempo paso obligado de los caminos.
Estas malaterías pueden nacer por obra de la Orden de San Lázaro, de algún lazarista o de algún magnate que desee agradar a Dios haciendo caridad con los leprosos. Los reyes autorizaban la fundación y contribuían a ellas con privilegios y donaciones de tierras. También podía ser un mecanismo instantáneo el que diera origen a estas leproserías por transformación o especialización de hospitales y alberguerías corrientes. Incluso era probable que particulares instalasen leproserías como negocios rentables, a fin de participar en las donaciones que las gentes caritativas solían hacer en beneficio de los leprosos.
El ingreso de los enfermos, al menos desde el siglo XVI, solía hacerse mediante certificación médica. El que pretendía ingresar tenía que satisfacer una cuota de entrada (bien dinero, tierras, ganado, etc.).
Durante los siglos en los que existieron las malaterías, el aislamiento fue la única medida eficaz en la lucha contra la lepra. Pero, en contra de lo que se cree, este aislamiento fue muy relativo, pues los enfermos mendigaban por las aldeas, comían y bebían con los sanos y a veces dormían fuera del hospital.
Todas estas características se ajustan perfectamente a la malatería de Llendelafaya, situada en el concejo de Proaza. La población de este coto, según censos de 1594 y 1745, no pasaba de los seis malatos residentes en el Hospital de San Lázaro. Aunque las primeras noticias que tenemos del hospital datan del siglo XVI, es muy probable que existiera ya 200 años antes.
El coto tenía 143 días de buey de extensión y dos vecinos, en el lugar de Villamejín. Medía este coto de oriente a poniente, un medio cuarto de legua (690 m. aprox.) y <<la mitad menos>> de norte a sur. Su perímetro se recorría en dos horas y tendría unos tres cuartos de legua (4 Km. aprox.) de circunferencia. Las tierras de labor, de mediana e ínfima calidad, tenían 19 días de buey y los prados 34. Había en el coto <<pastos infructuosos en términos comunes>> que ocupaban 40 días de buey. El resto del coto -50 días de buey- era de matorrales, riscos y peñas.
En el coto de Llendalafaya se pagaban diezmos de escanda, de maíz y de judías. No se pagaba diezmo de hierba. Las primicias consistían en el pago de 8 cuartillos de escanda por cada vecino. El párroco era el único perceptor de diezmos y primicias.
El mayor hacendado del coto era el Hospital de San Lázaro de Llendalafaya. En las operaciones por el establecimiento de la única contribución, correspondientes a la parroquia de San Lázaro, se estimó en 710 reales y 12 maravedíes el valor del producto de las heredades del hospital, en 68 reales y medio la renta de casas, en 11 reales la de hórreos, en 66 la utilidad que reportaba la taberna del coto, en 44 el importe del derecho de diezmos y en tres reales y cuatro maravedíes el derecho de primacía.
Leprosería y coto de Llendelafaya eran del patronato del deán de la catedral de Oviedo, sin que percibiera, de los vecinos, derecho alguno. Tenía el deán la regalía de nombrar alcalde mayor, quien conocía de las causas que <<fulminaban los de los jueces del coto>>. Anualmente se elegían a estos dos jueces, uno por parte de los vecinos de Agüera y Tene (Quirós) y otro por los de Villamejín (Proaza). A modo de dato curioso decir que el 26 de julio de 1626 el visitador, designado por el deán, dispuso se comprase un libro y un arca para guardarlos con dos llaves, una para cada uno de los jueces.
Por otro lado, de la vieja capilla dedicada a San Lázaro sólo queda su ábside al borde mismo del camino. Llendelafaya es un bello lugar con diez o doce caseríos abandonados. Uno de ellos, unido a la ermita, debió de ser el principalmente habitado por los enfermos; hoy es sólo una cuadra cubierta en su extremo oriental, por la bóveda de la capilla. Los otros edificios, pajares y cuadras, están probablemente igual que las vieron los últimos malatos.
El fin de estas malaterías tiene una fecha conocida. En 1751 el regente Gil de Jaz propone a Fernando VI la creación de un Hospicio en Oviedo, que acabó absorbiendo las rentas y bienes de todas las malaterías de Asturias, que fueron incautadas por la Audiencia en virtud de Real Cédula de 14 de septiembre de 1769.
Como último dato decir que el 4 de junio de 1792 pasó por Llendelafaya el ilustre Jovellanos que, en su Diario, escribe: <<Coto de Llendelafaya, antigua malatería, hoy perteneciente al Hospicio, con dos vecinos, ambos jueces, nombrados por Proaza y Quirós, y un cura que vive en Proaza y no ejerce. En los alto, divisoria del concejo de Quirós>>.
En fin, aquí queda constancia de este bello lugar sin duda conocido por casi todos nosotros, no así su historia, tan merecedora de elogios como su paisaje.
Y para las féminas, ahí va este refrán de la zona:
La que vaya por Aciera sin que sea criticada, tamién pasa pol infiernu sin que sea chamuscada.
Manuel Antonio Huerta Nuño
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